Contigo al desierto…

Boletín Parroquial Cuaresma y Pascua

Contigo al desierto… Es el lema elegido por el arciprestazgo como itinerario espiritual y celebrativo de nuestra cuaresma, camino a Pascua. La experiencia de Jesús en el desierto de la tentación es una manifestación privilegiada de su condición de hombre libre. Las tentaciones buscan desviar a Jesús de su condición de Hijo. La respuesta de Jesús a la tentación confirmará también su intención firme de vivir como Hijo, es decir con la libertad que viene de su condición filial.

La Iglesia nos invita a vivir la cuaresma en esta misma perspectiva: se trata de redescubrir el corazón de nuestra existencia cristiana, es decir, de entrar con fuerza en el dinamismo de la libertad de los hijos. Y para ello, se nos propone nuevamente ir con Jesús al desierto, que es el lugar de la intimidad, de la aridez y de la marcha.

El desierto cuaresmal nos permite redescubrir la verdadera raíz de nuestra vida, que es presentada en términos de “pertenencia”. Israel se pone en ruta hacia la verdadera libertad cuando descubre que la ruptura de las ataduras de Egipto no puede desembocar en nuevas esclavitudes y nuevos servilismos, sino en la entrega total en las manos de su Señor quien hace de él “el pueblo de su propiedad”.

La intimidad silenciosa de la oración cuaresmal nos permite descubrir la presencia silenciosa del Dios de amor. Jesús nos lleva con él al desierto para que el Señor nos hable al corazón y se nos descubra como el Dios Padre que establece una alianza con nosotros, por amor. En la vivencia de esta pertenencia amorosa de alianza reside la libertad filial del creyente.

El desierto evoca aridez, frente a la cual se siente la precariedad de la vida y la escasez de los recursos personales para afrontarla. Emerge así nuestra condición mortal y, con ella, las debilidades, las heridas y los repliegues egoístas que necesitan ser curados.

La debilidad nunca podrá ser afrontada con prepotencia. La debilidad se afronta luchando, pero es preciso no equivocar el combate. Al afrontar la fragilidad, aparecen las tentaciones con todo su poder seductor.

El desierto no es el lugar habitual de habitación, salvo para algunas pocas personas solitarias o comunidades migrantes. Por esto, el desierto es lugar de tránsito, de marcha. En realidad, la libertad no será nunca una realidad completamente poseída sino siempre buscada. De esta manera, la ruta hacia la libertad se transforma en la senda de la liberación, en sus múltiples rostros, según las múltiples esclavitudes posibles. La gracia sobreabunda donde el pecado se multiplica. El amor del Señor es liberador, pues la sobreabundancia de la misericordia supera toda situación de opresión, de caída y de muerte.

La libertad se conquista transitando por la ruta esperanzadora del desierto, en el cual el Señor mismo se hizo caminante al lado de su pueblo que anhela la superación de toda situación de postración y de esclavitud.

 

Andy Rafael Medina

Párroco

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