Muerto y Resucitado por nosotros PDF Imprimir E-mail
Escrito por Ernesto Brotons Tena   
Sábado, 27 de Marzo de 2010 08:57

No hay amor más grande que dar la vida por aquellos a quienes se ama (Jn 15,13). Aquí radica el misterio de la semana santa: la entrega de todo un Dios, hecho hombre, por amor, hasta el final, para que tengamos vida y vida en abundancia (Jn 10,10).

Os ofrecemos una reflexión sobre el misterio pascual, misterio en el vamos a contemplar hasta dónde es capaz de llegar el amor de Dios uno y trino por nosotros.

 

cruz

 

 

MUERTO Y RESUCITADO POR NOSOTROS

  

LA MUERTE 

 

     La muerte de Jesús es un dato histórico de primer orden. Los cuatro evangelios, los Hechos de los Apóstoles, las cartas de Pablo e historiadores como Josefo y Tácito, entre otros testimonios, atestiguan su muerte en cruz o su ejecución durante el mandato de Poncio Pilato, gobernador de Judea desde el año 26 hasta el 36 dC. Probablemente, según los historiadores, la crucifixión de Jesús pudo tener lugar en torno al año 30.

  

     La cruz, en palabras de Cicerón, constituía “el más cruel y horrible de los suplicios”. Era la muerte de los esclavos, los reos de crímenes y de los que osaban alzarse contra Roma. Ignominiosa para los romanos, para los judíos constituía una maldición de Dios. “Maldito de Dios el que cuelga de un madero”. (Dt 21, 23). De esta manera, cualquier pretensión mesiánica de Jesús, política o religiosa, quedaba duramente desautorizada. Nada tiene que ver la muerte de Jesús con las de Buda y Confucio, "a edad avanzada", coronados de éxito, rodeados de discípulos, o con la honrosa muerte de Sócrates. El Nazareno murió como un fracasado, solo, sin palpar los frutos de su obra, traicionado y abandonado por sus discípulos y por sus seguidores, ajusticiado, delante de los suyos, como un maldito de Dios. La muerte de Jesús fue, en una palabra, una muerte trágica, en la que se dieron cita todas las amarguras y toda la crueldad del humano morir.

  1. ¿Por qué murió?

     Tanto la praxis como el mensaje de Jesús, su experiencia de Dios y su invitación a la fraternidad del Reino, aboliendo fronteras religiosas y sociales, fue efectivamente una fuente de conflictos. De hecho, su libertad frente a las tradiciones y a la ley, su escandalosa cercanía a pobres y marginados, la misma reivindicación de adhesión a su persona exigiendo una opción última por la causa del Reino... y, quizá, de manera decisiva, su actitud ante el Templo, manifestada con el gesto provocativo y profético de la expulsión de los mercaderes, ¿no le estaba situando por encima de Moisés, de Jonás, de Salomón y de todos los profetas? Aspirantes a Mesías nunca habían faltado en Israel, pero el Nazareno, ¿no estaba reclamando para sí la misma autoridad de Dios? ¿Acaso no suponía Jesús una excusa fácil para que el pueblo se alzase contra Roma? La entrada en la capital Jerusalén del "herético profeta" de provincias sembraba inseguridad y significaba una clara provocación a la clase dirigente.

     En resumen, Jesús resultaba demasiado molesto e incómodo: sus palabras y acciones suponían un reto y una alternativa a lo existente. Merecían, por tanto, la condena y la muerte. Caifás repite la estrategia de una acción violenta preventiva (Jn 11,45ss), como la puesta en obra por Herodes Antipas en el caso del Bautista. Acusado finalmente de blasfemo por el Sanedrín y por el poder judío, es puesto en manos del tribunal de Pilato para ser finalmente condenado por pretendiente al trono judío y rebelde contra el dominio de Roma. El titulo crucis anuncia la razón final de su muerte: “El rey de los judíos”.

  1. Jesús ante su muerte.

     Sería ingenuo pensar que Jesús no consideró nunca la posibilidad de una muerte violenta. Sabía de hecho cómo había acabado el Bautista. Sabía también de sus propios fracasos y de la peligrosidad real de la proclamación del Evangelio y de sus últimas tomas de posición: su entrada en Jerusalén, en medio de vítores, el gesto provocativo en el templo, la palabra profética contra la majestuosidad del santuario… No es de extrañar, por tanto, que Jesús valorase ya pronto la posibilidad de su muerte como mártir y fuese contando con ella cada vez de una forma más clara. Así lo atestiguan los diversos anuncios de la Pasión y, de forma especial la parábola de los viñadores homicidas recogida en Mc 12, 1-9; pero ¿cómo comprendió su muerte? ¿La entendió en verdad, tal como lo proclamó la primitiva comunidad, como portadora de salvación para los hombres?

 

     La muerte de Jesús no fue un trágico error ni un hecho aislado al margen de su vida. Intentando respetar la sobriedad con la que Jesús se refiere a su propia muerte en los evangelios, podemos afirmar, no obstante, que el sentido que Jesús pudo dar a su pasión y muerte no es otro que el sentido y el horizonte que guió toda su vida.

 

     Esto nos remite, en primer lugar, a su íntima experiencia de Dios como Padre. La vivencia de saberse y sentirse radicalmente amado por Él, su comprensión del mismo como bondad y misericordia para todos, especialmente para los que sufren, la toma de conciencia de lo que supone que Dios reine, caracterizará la conciencia que Jesús tenía de sí mismo y de su misión. Sus palabras, sus gestos, su radicalidad están, de hecho, sustentadas en la realidad enormemente cercana de Dios mismo, Señor absoluto y Padre infinitamente bondadoso.

 

     El deseo de aceptar el proyecto de amor salvador de su Padre anima toda la vida de Jesús (cf. Lc 12, 50; 22, 15; Mt 16, 21-23). Su destino, entonces, no será otro que el Reino, el hacer suyo el compromiso de Dios a favor de los hombres. De hecho, Jesús no sólo anuncia la llegada del Reinado de Dios que viene a instaurar la bondad y la justicia, sino que religa la acción de Dios a su propia persona. Amado será amante. Su ser y vivir para Dios devendrá en ser y vivir de Dios para el hombre, su pasión por Dios será pasión de Dios por la felicidad y la plenitud de vida del ser humano, pasión que le conduce a oponerse a todo lo que impide o merma el Reinado de Dios y la vida del hombre. “Yo he venido para que tengáis vida y vida en abundancia” (Jn 10,10). En definitiva, lo que late apasionadamente en Jesús es su corazón de Hijo. En Él, el Hijo amado, el Ungido por el Espíritu, Dios se acerca poderosamente como Señor y Padre (Lc 4, 14-21).

 

     Sin buscar provocativamente la muerte, su «existir para» se recapitulará en un «morir para». Pertenece a su destino de profeta. No se trata ni de la fatalidad de un destino, ni de la cruel exigencia de un dios sádico. Más bien, la cruz fue la consecuencia de su vida, la expresión de su fidelidad a Dios y a los hombres.

 

     Tras haber ligado íntimamente el Reino a su persona, Jesús, pudo, de hecho, entender su muerte como significativa e importante para la llegada del Reinado de Dios. No en vano, el REino, en última instancia, debería significar la victoria final sobre la muerte. Poco a poco va asumiendo que la fidelidad a la misión recibida del Padre de hacer presente la salvación de Dios pasaba por su propio cuerpo, por la acción de entregarse a sí mismo, de forma intercesora. En otras palabras, comprendió y vivió su muerte como servicio liberador, último y supremo, a la causa de Dios en cuanto causa del hombre, como escandalosa parábola del amor de Dios hasta el final, incluso a los enemigos, y la comunicó a sus discípulos bajo los signos velados del vino y del pan partido (Mc 14,22-25; Mt 26,26-29; Lc 22,15-20; 1 Cor 11,23-25), una toalla ceñida (Jn 13, 2-14), y la urgente llamada a amar hasta dar la vida por los amigos (Jn 15,13).

 

     En consecuencia, no debe extrañarnos que, a la luz de la Resurrección, y, en continuidad con el sentir de su Maestro, la Iglesia acentuase y acentúe hoy convencida ese “por nosotros” de la muerte de Jesús y contemplara en el rostro del Crucificado el rostro del Siervo sufriente de Yahvé, aquel sobre el que Dios ha puesto su Espíritu para que traiga la salvación a las naciones (Is 42,1): “Despreciado, rechazado por los hombres, abrumado de dolores y familiarizado con el sufrimiento… eran nuestras rebeliones las que lo traspasaban, y nuestras culpas las que lo trituraban…Sus heridas nos han curado… Por haberse entregado en lugar de los pecadores, tendrá descendencia, prolongará sus días, y por medio de él, tendrán éxito los planes del Señor. Después de una vida de aflicción comprenderá que no ha sufrido en vano. Mi siervo traerá a muchos la salvación” (cf. Is 53, 1-12).

 

     Es la consecuencia definitiva de su fidelidad a la voluntad del Padre. “¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí este cáliz; pero no se haga lo que yo quiero sino lo que quieres tú” (Mc 14, 36). Había llegado «la hora», “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Jesús apostará por ser fiel hasta el final, hacia esta hora tiende toda su vida, porque es necesario que la Humanidad se salve, cueste lo que cueste. Hay más gozo en darse que en recibir. La hondura de la dicha en Jesús, ligada a la causa del Reino, pasará, en medio del silencio de Dios y de la noche oscura, por la entrega hasta el final.

 

     Por eso, el escándalo de la cruz sólo es soportable para el creyente como expresión  de la pasión del Dios trinitario por la vida del hombre. Pero sólo la Resurrección desvelará este secreto. Antes, hay que pasar por el Getsemaní del silencio de Dios, de la duda, y por  la angustia del huerto como com-pasión, y com-padecer solidario con la Humanidad que sufre. Jesús muere totalmente expuesto al dolor, asumiendo totalmente y en toda su crudeza la condición humana. Su modo de asumirla es salvador y modelo para el creyente. La carga de toda la debilidad del mundo recae en los hombros de un Dios capaz de despojarse y sufrir.

  1. Un misterio de amor.

      La ejecución de Jesús, la de un crucificado entre miles de crucificados, ha pasado a la historia de la Humanidad por haber sido percibida por sus seguidores como la muerte del propio Hijo de Dios. No es solo la pasión, humillación y muerte de uno de nuestra raza lo que está en juego. Está en juego el mismo Dios. Por ello, nunca podremos agotar el misterio de la muerte de Jesús. Es el misterio del Dios del “tanto amó”. Ante el misterio de la muerte de Jesús siempre habrá que guardar en primer lugar un respetuoso, contemplativo y orante silencio.

 

     A la luz de la Resurrección, la pregunta planteada por Jesús en Cesarea cobra nueva actualidad: “Y vosotros ¿Quién  decís que soy yo?” (Mc 8,29). ¿Quién era aquel con quien habían convivido, aquel hombre capaz de amar de esa manera? ¿Quién, aquel que se había presentado vivo en medio de ellos? Sólo Dios podía ser tan entrañablemente humano. Y sólo con la ayuda del Espíritu pudieron entrever el misterio: “Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación a todos los hombres” (1 Tit 2,11); “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). “Vino a los suyos y los suyos no la recibieron” (Jn 1,11).

 

     Comprendida la muerte de Jesús en el conjunto del misterio de amor que implica su vida, aquella primera Iglesia comenzó a tener conciencia de que el misterio de la muerte de Cristo sólo puede ser comprendido desde la libertad de un exceso de amor, el exceso de amor de Dios y la pasión por la vida del Dios uno y trino que se revela como un eterno por nosotros. “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su único Hijo para que todo el que crea en él no perezca sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). Dios Padre, para que tengamos vida, se revela como amor desgarrado de Padre que nos entrega a su Hijo. Y, en comunión de amor y vida, el Hijo de Dios, sostenido y alentado con la fuerza del Espíritu, planta su tienda entre nosotros para partir su vida hasta el final por amor. En el misterio de la cruz va a revelarse el Misterio de la Trinidad santa implicada en nuestra salvación.

 

     Por eso, la pasión de Cristo no es sólo (que lo es) denuncia y expresión del pecado del hombre, de hasta dónde puede llegar la maldad del ser humano en su ciego amor al poder, sino la afirmación de la grandeza y la hondura del amor de Dios. Cuanto más perfecto, cuanto más capaz de amar en un ser, más capaz es de sufrir. Sólo aquel que es capaz de sufrir por amor es capaz de abrir en nuestro mundo horizontes de gozo y de esperanza.

 

     Desde aquí podemos comprender que la muerte de Jesús sea interpretada en el N.T. con el verbo “entregar” y como resultado de tres libertades en juego, la de Dios Padre, la de Jesús y la de los hombres. Las tres son diferentes, pero convergentes.

 

     En primer lugar, la libertad de los hombres: como dice San Pedro en su primer discurso después de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés: “a ese (Jesús) vosotros lo matasteis clavándolo en la cruz por mano de unos impíos” (Hch 2, 23), y en este sentido es un crimen, consecuencia de un rechazo por parte de poderes y personas, que viéndose cuestionados por él, se deshicieron de él. La inhibición general, la omisión del ejercicio de la responsabilidad, la traición del amigo, la cobardía de los jefes, llevaron a Jesús a la muerte…

 

     Pero, en la muerte de Jesús, no se dan cita sólo los poderes del mal, de la injusticia o de la traición. Si fuera así sólo podría ser recordada para rechazarla o para vindicar a las víctimas. En la muerte de Jesús prevalece su libertad entregada por nosotros. Por eso puede ser agradecida. “Nadie me quita la vida; yo la doy libremente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; ése es el mandato que he recibido del Padre” (Jn 10, 18). Jesús, como hemos visto, salió al encuentro de su muerte como la expresión máxima de aquello que había otorgado sentido pleno a su vida: la experiencia del amor total que Dios que le lleva a hacer suyo el compromiso del Padre en favor de los hombres. “Ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado” (Jn 14,31). Su entrega va a ser un auténtico sacrificio de amor. “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por aquellos a quienes ama” (Jn 15, 13). La libertad con la que Cristo mismo se entrega hasta la muerte se convierte en camino de vida, en el que el poder del amor vence definitivamente al amor al poder.

 

     Si en cuanto obra de los hombres la muerte de Jesús fue un crimen, y en cuanto obra de Jesús es un servicio y un sacrificio por sus hermanos, en cuanto obra de Dios Padre, fruto de su libertad amorosa, es un don. Dios Padre no impide sino que permite la iniciativa y el pecado de los hombres contra Jesús; pero transforma ésta en ocasión para manifestar su amor y su misericordia. En definitiva, el sujeto primero y último de toda la historia de Jesús es Él, el Padre que entrega a su Hijo amando al mundo para entregarse con Él. Y nos lo entrega para que la vida de Jesús se convierta en vida nuestra, de modo que todos podamos llegar a ser hijos de Dios.


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LA RESURRECCIÓN 

 

Ocurrió en el silencio de Dios. El Dios que quiere reconciliar al mundo consigo, apostando fuerte por la vida y felicidad del hombre, se implica activamente en el drama. El Padre Creador culmina su obra. Y en la hondura de su amor se opera la inversión más radical: de la muerte a la Vida, de la más dura «noche oscura del alma» a la Luz más absoluta; del más desgarrador silencio a la última palabra: el Sí definitivo al Hijo Amado; un sí que, de nuevo, se pronuncia en el silencio, esta vez transformado y revelador, de Dios.

 

  1. El acontecimiento de la Resurrección.

     “Dios ha resucitado a Jesús” (Hch 2,24.32; 3,26; 13,33; 1 Tes 1,10; Gál 1,1; 1 Cor 6,14…). De Galilea a Jerusalén, fue el grito unánime y gozoso de los apóstoles.

 

     No se trataba, como en algunos de los milagros de Jesús, o de los milagros narrados en el Antiguo Testamento, de la reanimación de un cadáver que luego vuelve a morir. No, lo que los discípulos de Jesús proclaman constituía algo real y radicalmente nuevo: No retoma su vida anterior para fallecer de nuevo. Jesús, el mismo Jesús de Nazaret, vive para siempre, eso sí, de una forma distinta, radicalmente nueva, transfigurada. La muerte ya no tiene poder sobre él. “Ha sido vencida. ¿Dónde está muerte tu victoria? ¿Dónde tu aguijón?” (1 Cor 15,54-55).

 

     Contemplar los hechos sucedidos en aquel primer grupo de seguidores de Jesús nos revela que algo extraordinario tuvo que pasar. La muerte en cruz de su Maestro como un maldito, drásticamente desautorizado por Dios (Dt 21,23), hacía imposible albergar cualquier esperanza en el mesianismo de Jesús. “Nosotros esperábamos que fuera el libertador de Israel y ya ves, ya hace tres días que ocurrió esto” (Lc 24,21). Dios no podía rehabilitar a un crucificado. No cabía esperar nada. Dispersados por el miedo, el fracaso y la desesperanza, el “movimiento” de Jesús debería haber acabado. Sin embargo, al cabo de un tiempo, los discípulos, congregados de nuevo, salen a la calle para gritar, aún a costa de su vida, sin posibilidad alguna de negocio por medio, una locura a oídos de judíos y gentiles: “Vive”; y de esta manera, la fe en el resucitado se convierte en el germen de la nueva comunidad ¿Cómo explicar este giro inesperado cuando todo parecía ser un final? ¿Qué sucedió?

 

     Los textos evangélicos y el testimonio de Pablo, el único que habla en primera persona, nos dan la clave: “Se nos ha dado a ver”. “Dios ha resucitado a Jesús y nosotros somos testigos de ello”. El hecho real y la experiencia viva del encuentro con Cristo resucitado van a transformar de un modo radical a aquellos que poco antes habían abandonado a Jesús y habían sentido sobre sí el bochorno de su fracaso. Tal es su convicción que, en contra de lo que pudiera esperarse, los evangelios no tienen miedo de presentar como primer testigo del Resucitado a María de Magdala, a pesar de que sabían que corrían el riesgo de que su testimonio no fuera socialmente aceptado por tratarse de una mujer (Mc 16, 9-11; Mt 28,9-10; Lc 24,16; Jn 20,10-18). Pablo, por su parte, nos deja uno de los testimonios más antiguos de la fe en las apariciones del Resucitado:

 

     “Hermanos, os recuerdo el evangelio que os anuncié, el que aceptasteis, en el que permanecéis firmes, y por el que os salvaréis, si lo retenéis tal y como os lo anuncié, pues de lo contrario habríais creído en vano. Os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y que se apareció a Pedro y luego a los doce. Se apareció también a más de quinientos hermanos de una vez, de los que la mayoría viven todavía; otros murieron. Luego se apareció a Santiago, después a todos los apóstoles; y después de todos, como a uno que nace antes de tiempo, también se me apareció a mí”  (1Co 15, 1-8).

 

     Jesús se ha aparecido. María Magdalena, Pedro y el resto de los apóstoles van a atestiguar con su vida y su palabra que se han encontrado con el mismo Jesús a quien las autoridades del pueblo habían ejecutado. La ambigüedad del hallazgo del sepulcro vacío se ve así iluminada a la luz de las apariciones del Resucitado. Todo adquiere nueva luz y nuevo sentido. Los textos insisten en que la iniciativa de las apariciones es del propio Jesús. Es Jesús mismo quien libremente se da a conocer (Cf. Mt 28; Mc 16; Lc 24; Jn 20). No estamos, por tanto, ante una leyenda o una parábola ejemplar, ni ante el resultado de una imaginación exaltada, ni ante el fruto de la fe de la comunidad, sino ante un hecho real debido a la intervención divina. En el encuentro de Cristo resucitado con los Apóstoles, Cristo imprimió en la mente y en el corazón de ellos la convicción absoluta de la realidad de su resurrección gloriosa. Pronto sentirán la fuerza y el calor de su Espíritu. Ahora empieza todo.

 

2. Ante el Sí definitivo de Dios.

 

     Lo realmente importante no es que haya resucitado un muerto, sino que el Resucitado es el Crucificado. Así, la palabra de la Resurrección acredita la Buena Noticia del Reino, y a Jesús, como Mensajero. Al resucitar a Jesús, el Dios que le había acompañado en su pasión por la vida y en su vivir-para-los-demás, le acompañó definitivamente dándole la razón, confirmándolo como su Hijo, exaltándolo como nuestro Señor. Ante la muerte del Hijo Amado la reacción de Dios no consiste en la muerte del verdugo sino en la confirmación vivificante del Hijo asesinado. Dios ratifica la vida y dice un Sí radical y definitivo a la vida, la causa, y la misma persona de Jesús. En definitiva, sólo esa respuesta de Dios hace justicia a su proyecto de Padre.

 

     Confirma a Jesús exaltándolo, pero era también necesario confirmar la fe de los discípulos mediante la experiencia pascual y ayudarles, con la fuerza del Espíritu, a vencer todo temor. Gracias a ello tenemos testigos, una comunidad reconstruida y la posibilidad del seguimiento; gracias a ello sabemos que ni el dolor, ni la injusticia, ni el pecado ni la muerte tienen la última palabra. Podrán tener una penúltima que desgarra y rompe, pero la última, como la primera, corresponden al amor y a la vida que brotan de Dios. Por eso, pertenece a la esencia de la resurrección ser anunciada. Dicho anuncio es, para todos, invitación a la fe. Al margen de la fe no hay acceso real al Resucitado. No es la resurrección una prueba para que podamos creer. Ella misma es el objeto de la fe, pues la fe en la resurrección de Jesús no es otra cosa que la radicalización de la fe en el Dios creador, en el Dios redentor, en el Dios de la vida.

 

     A partir del instante de la Resurrección, las miradas se condensan en Jesús y el mensaje del Jesús predicador del Reino deja su lugar al mensaje de Cristo muerto y resucitado. Él es el Reino en persona, pues en Él se ha manifestado la soberanía misericordiosa de Dios. El predicador del Reino pasa a ser el predicado. Si Jesús había anunciado el Reino para curar nuestras heridas y colmarnos de vida, ahora la Iglesia anunciará a Cristo resucitado como superador de nuestra muerte, perdón de nuestros pecados, donador del amor del Padre.

 

      En consecuencia, el sí definitivo de Dios a la Vida no mira sólo al pasado, sino que abre ante todo un futuro innovador, un tiempo nuevo. Jesús, el Cristo exaltado, sigue en su gloria amándonos, ayudándonos, entregándose por nosotros. Exaltado, sigue siendo el Siervo de la vida. No es el Señor para su propio beneficio, sino a favor de todos nosotros. Por eso, nos envía su Espíritu liberador para guiar a su Iglesia en camino de solidaridad y de entrega evangélica y evangelizadora, para empujar la Historia y la humanidad hacia su Plenitud en Dios.

 

     Él que ha solidarizado con nosotros hasta el final, va a compartir con nosotros su destino. Si la muerte no tuvo la última palabra sobre Jesús, tampoco la tiene sobre nuestras vidas. San Pablo en sus cartas describe la unión, solidaridad y participación que existe entre el cristiano y Cristo: estamos llamados a vivir, sufrir, morir y resucitar con Cristo. Él, como Hermano Mayor nuestro, es el primero en resucitar de entre los muertos (1Cor 15, 20; Col 1, 18; Ap 1, 5). El Sí de Dios a Jesús en también un sí eterno a nuestra vida.

 

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3. Cristo, acontecimiento de salvación.

 

“Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar que tu siervo muera en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos, como luz para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel” (Lc 2, 41-52).

 

     Las palabras del anciano Simeón son una auténtica confesión de la fe de la primitiva comunidad cristiana: Jesús es el Salvador. Su encarnación, su vida, su muerte y resurrección, en definitiva toda su persona, constituyen un único acontecimiento portador de salvación para la Humanidad entera. Él es el Médico que ha venido a llamar a los pecadores (Mc 2, 17), el heraldo del año de gracia del Señor (Lc 4,19), el Hijo de Dios enviado al mundo para salvarlo (Jn 3,16-17), el Buen Pastor que ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia (Jn 10, 10-11). Bastaría casi con contemplar el canto precioso que Pablo hace al amor salvífico y liberador de Dios por Jesucristo. Cuatro veces resuenan las palabras: salvar, Salvador, y tres veces se menciona la raíz de esta salvación: la bondad, la misericordia, en definitiva: el amor de Dios. 

 

     “Ahora ha aparecido la bondad de Dios nuestro salvador y su amor a los hombres. Él nos salvó, no por nuestras buenas obras, sino en virtud de su misericordia, por medio del bautismo regenerador y la renovación del Espíritu Santo que derramó abundantemente sobre nosotros por Jesucristo nuestro Salvador. De este modo, salvados por su gracia, Dios nos hace herederos, conforme a la esperanza que tenemos de alcanzar la vida eterna” (Tit 3,4-7).

 

     Cristo Jesús es quien salva, toda su persona, toda su vida, incluso su talante, su modo de ser y hacer es buena noticia de salvación para todos. Es cierto que no ha pasado desapercibido para la comunidad cristiana el hecho de que esta salvación pasara por la cruz y así ha reconocido agradecida el especial valor salvífico de la entrega de Aquel que es capaz de morir por amor. Pero no olvidemos que la cruz sin resurrección no es más que fracaso o vana ilusión, igual que la resurrección sin cruz no es más que una bella metáfora. Y es la cruz y la resurrección del Hijo de Dios que ha puesto su tienda entre nosotros. Encarnación, muerte y resurrección están, por lo tanto, íntimamente unidas.

 

     Desde siempre, la Iglesia ha tenido conciencia de que este acontecimiento salvador nos abraza a todos y a cada uno de nosotros. “Cristo me amó y se entregó [a la muerte] por mí” (Gál 2, 20). No importa el tiempo, ni el lugar. Cristo resucitado está tan cerca de nosotros hoy como lo estuvo de sus primeros discípulos en la mañana de Pascua, y su amor nos alcanza. El relato de los discípulos de Emaús describe el proceso y la experiencia de mucha gente que a lo largo de la historia han seguido a Jesús y quiere ser para todos parábola viva de cómo todos los hombres y mujeres de cualquier tiempo pueden también experimentar la presencia y el calor del Resucitado (Lc 24,13-35). Basta intuir su presencia en la solidaridad y la acogida, en la Palabra y la Eucaristía, en la comunidad y en el hermano sufriente (Mt 25,31-46)… “¿Crees porque me has visto? ¡Dichosos los que creen sin haber visto! (Jn 20,29).

 

Mas ¿cómo entender esta Buena Noticia? ¿En qué medida puede sernos significativa y vital la muerte y resurrección de Cristo?

 

     1. Contemplar el misterio de Jesús, y, de una forma especial, el de su muerte y resurrección nos sitúa ante la experiencia de sentirnos amados con un amor total, un amor originario y fundante que sostiene y culmina nuestras vidas. La primera palabra en la historia de la relación de Dios con los hombres no la tuvo el pecado, sino el genial amor del Dios uno y trino, misterio gozoso de comunión, que quiere compartir desde antes de la creación del mundo su vida feliz e inmortal con el ser humano. Así lo entendieron San Pablo y muchos Padres de la Iglesia como San Ireneo o San Agustín que subrayaron cómo Dios se había hecho pobre y mortal como nosotros para enriquecernos con su amor y revestirnos de su inmortalidad. Dios quiere compartir su vida plenamente feliz con nosotros. Ésta es la llamada que se esconde tras nuestra sed de felicidad, que Dios mismo ha suscitado al crearnos a su imagen, y con la que se ha comprometido con un amor más fuerte que la muerte.

 

     2. La muerte y la resurrección de Jesús revelan así el amor de un Dios solidario hasta el límite, un Dios que se deja afectar por sus hijos, un Dios que sabe de nuestros gozos y fatigas. Somos importantes para Dios. En su muerte, Cristo mismo comparte nuestro sufrimiento y lo hace suyo. En su cruz contemplamos crucificado el dolor del mundo. No estamos solos con nuestro dolor. En palabras de González de Cardedal, “Jesús murió la muerte de todos, con todos y por todos”.

 

     3. Un amor semejante sana heridas. Sólo un Dios «com-pasivo», capaz de padecer por amor, puede ayudar en un mundo de sufrimiento y vencer éste desde dentro. Jesús es el Buen Samaritano que, haciéndose hermano y servidor de los más pequeños, camina al lado de la Humanidad sufriente, sana nuestras heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza, a la vez que alienta y anima toda entrega solidaria en apuesta por la vida, todo lo que suponga crecer en justicia y en humanidad, todo lo que suponga acompañar y vencer el dolor y el sufrimiento con amor. Ni el dolor, ni la injusticia, ni la muerte tienen la última palabra. Ésta pertenece a Dios.

No olvidemos que lo que da valor redentor a la cruz no es el sufrimiento en sí, sino el amor infinito de Dios que encarna ese sufrimiento, amor que no se detiene ni siquiera ante la muerte, sino que la vence con la resurrección y la exaltación del Crucificado.

 

     En su muerte y resurrección se revela además el poder sanador de un perdón que rompe esquemas. Desde la experiencia del propio pecado, descubierto a la luz del amor y del perdón de Jesús, descubrimos que todos fuimos culpables, en cierta manera, de su muerte, y que todos hemos sido perdonados en ella. A pesar de habernos distanciado de Él, la fidelidad amorosa de Dios se revela más fuerte que nuestro pecado. Más aún, Dios no espera a que los hombres vayan a reconciliarse con Él, no espera un sacrificio expiatorio por su parte, ni exige el sacrificio de su Hijo para aplacar su ira. Al contrario, Él es quien se acerca al hombre y quien, al enviar a su propio Hijo, lo más querido, se sacrifica realmente dándose. Él mismo dándose expía nuestros pecados. Su perdón no es un perdón humillante. Es el perdón que nace del abrazo del amor.

 

     4. Dice el poeta: “amar es decir: no morirás nunca”.  El mensaje de Jesús sobre el Reinado de Dios debía confrontarse finalmente con la mayor amenaza para el hombre: la muerte. Si Jesús reclamaba que en sí mismo Dios mostraba la victoria sobre los poderes del mal en este mundo, tenía que mostrar que el amor de Dios es más fuerte que la muerte. Cuando para alguien el amor vale más que la propia vida, el amor es capaz de vencer la muerte. En palabras de Ratzinger: “El amor crea la inmortalidad y la inmortalidad nace del amor”. Por eso, Aquel que nos ha amado a todos, dando su propia vida por nosotros, nos ha hecho partícipes de su resurrección. Su resurrección es nuestra vida.

 

     5. Tanto amor desvela finalmente el misterio que somos todos y cada de uno de nosotros, nuestra profunda identidad y dignidad de hijos de Dios y hermanos. San Agustín decía que la deformidad del Crucificado restauraba nuestra hermosura. En Jesús, Dios mismo revela el secreto de una vida plena y gozosa: Sólo quien pierde la vida, la gana” (Mt 10,39; 16,25; Mc 8,35; Lc 9,24). Estamos llamados a hacer nuestro el camino de Jesús. Podemos fiarnos de Él. Él es el Camino, la Verdad y la Vida.

 

     Estamos llamados, la Resurrección nos impele a ello, a ser testigos de la Buena Noticia de Jesús. No en vano, la evangelización constituye la más profunda identidad de la Iglesia, de los seguidores del Resucitado. Podemos fiarnos de su promesa: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

 

Ernesto J. Brotóns Tena

En Delegación de Catequesis de Zaragoza, Cristianos, PPC, Madrid 2007.

 

 

 

Última actualización el Martes, 06 de Abril de 2010 14:19