15º Domingo T.O. 11 Julio 2010 PDF Imprimir E-mail
Escrito por José Ignacio Blanco   
Jueves, 08 de Julio de 2010 15:24

Lecturas para este 15º Domingo de Tiempo Ordinario.

 

15º Domingo Tiempo Ordinario. 11 de julio de 2010. Ciclo C

 

1ª lectura: Deuteronomio 30, 10-14

Texto escrito desde la perspectiva del exilio, es decir, en una experiencia que pone «patas arriba» los elementos más importantes que, hasta entonces, habían sustentado la fe del pueblo elegido.

El autor/es de este texto percibe ese acontecimiento como castigo por los pecados cometidos contra Dios a lo largo de la historia de relación mantenida con Yahveh durante siglos. El arrepentimiento que conduce a la conversión (núcleo de los versículos inmediatamente anteriores) se traduce en una renovación interior que lleva a la obediencia a la ley (entendida ésta como expresión de la voluntad de Yahveh). El hecho de que el precepto de Dios no haya que buscarlo fuera ni lejos, indica que Israel ya ha descubierto en su propia historia de relación con Dios lo que conocemos como el «monoteísmo afectivo». El monoteísmo ya lo había descubierto en tiempos del éxodo, pero que la existencia de un solo Dios se concretara en una relación de Alianza amorosa y fiel (eso significa «afectivo») es tardía.

 

2ª lectura: Colosenses 1, 15-20

Texto que recoge probablemente un himno litúrgico de las primeras comunidades apostólicas, pero que se integra muy bien dentro de la Carta, ya que los temas que aborda se reiteran a lo largo de toda ella.

Cristo es «imagen» visible del Dios invisible. Toda la historia humana es vista en orden a Jesucristo: «todo ha sido creado en él, por él y para él». Es cabeza del Cuerpo, de la Iglesia; primogénito de entre los muertos; reconciliador de todas las cosas. Los misterios mayores del plan salvador del Padre están recogidos en este himno.

 

Evangelio: Lucas 10, 25-37

La novedad que aporta Lucas con respecto a Marcos puede venir dada por los destinatarios de cultura griega. Por eso, el maestro de la ley pregunta por la vida eterna.

La pregunta por el prójimo tiene una respuesta clara en la Ley de Moisés: todo miembro del pueblo de Dios. Ahora Jesús le obliga a ir más allá: toda persona que se aproxima a los demás con amor es el verdadero prójimo, aunque sea un extranjero.

Lucas ha puesto esta parábola del buen samaritano detrás del discurso de misión (domingo pasado) para que el discípulo no se vaya por las ramas. Si el Reino consiste en la revelación del amor de Dios gratuito, la misión no consiste más que en amar.

Esto se aplica tanto a quienes son llamados a una vida que les saca de sus lazos familiares para entregarse al prójimo como a quienes, en medio de la familia y de las condiciones normales de la sociedad han de dedicarse igualmente al prójimo. En el amor no se distingue lo ordinario de lo extraordinario. Es el amor el que hace extraordinario todo. La respuesta de Jesús, por lo mismo, sorprende: «un ateo puede realizar el Reino y ser verdadero discípulo Mío». Aunque no lo sepa. Basta que ame.

¿Se trata de cualquier amor? Ciertamente, no. El amor del samaritano es desinteresado. Y conviene constatar que Jesús no habla del amor «sobrenatural» en que, según ciertas interpretaciones tradicionales, no se ama al prójimo por sí mismo, sino «por Dios». Este añadido espiritualoide es del todo ajeno a Jesús y al Nuevo Testamento. En el juicio (Mt 25) no se califica el amor por la intencionalidad, sino al revés: el reino es dado a quienes amaron sin conocer a Jesús en el prójimo.

A veces los cristianos somos tan retorcidos que hacemos del amor desinteresado una norma moral a cumplir. Y buscamos personas y acciones en que el prójimo demuestre nuestro desinterés.

Precisamente lo primero que Jesús enseña al letrado es que no se trata de saber el precepto. Cuando el hombre se pregunta cuál es el primer precepto, busca objetivar (tenerlo claro) para poder así controlar, mediante la Ley, el Reino. Jesús le dice: vive y ama y realizarás el precepto.

El amor desinteresado es, simplemente, el que «desde dentro» ha llegado a serlo. Pretender conseguirlo a golpes de voluntad o añadiendo intenciones sobrenaturales demuestra poca experiencia de amar. Si se ama, y se es fiel al propio corazón que ama, en lo agradable y desagradable, cuando nace espontáneamente o cuando cuesta, el amor crece y llega a ser, por fin, desinteresado, plenitud de sí mismo. «Amemos de verdad y con obras» (1 Jn 3). Hoy mismo, aquí y ahora.

 

José Ignacio Blanco

Escrito para la hoja «Eucaristía» de la Editorial Verbo Divino

Última actualización el Jueves, 08 de Julio de 2010 15:29